miércoles, 17 de enero de 2018

Un pensamiento mágico






    No hay nada tan complicado como extirpar una creencia arraigada en las personas. En el fondo nos pasa un poco a todos… sin ir más lejos recuerdo que hace no demasiado alguien contaba una anécdota acerca de fantasmas, de un fantasma concreto —si el oxímoron se me permite— con cuerpo astral, con nombre y domicilio y todo, de manera que aquello lo convertía en algo más real, verosímil, casi verdadero.

    Y es que nuestro cerebro, en ciertas ocasiones, es un mentiroso consumado, un auto-engañador y el ilusionista más experto sobre todo cuando, además, las emociones también entran en juego…

    El día en que murió mi madre, aquella misma noche, soñé con ella.

    Estábamos los dos en el salón, en casa, en una escena de lo más cotidiana y trivial para ambos. Ella buscaba sus gafas como loca porque llegaba tarde a algo, al estanco, a la misa, o al supermercado, y yo se las alcanzaba. Así de fácil, de simple, sin ningún melodrama ni mediación fantástica. Una escena vivida en un millar de ocasiones junto a ella, porque cuando buscaba de esa errática forma, con prisa, se aturullaba entera, se atropellaba toda y se volvía incapaz de ver lo que tenía delante. De manera que mi mente escogió —yo escogí— una escena de ésas para facilitarme lo que necesitaba, porque al darme las gracias me dio un abrazo fuerte, muy fuerte, un abrazo que me recorrió completo y de un modo tan real que aún a día de hoy si pienso en él lo siento y me estremezco: ‹‹¡Menudo susto, ¿eh?›› me decía, entre solemne y bromista, sosteniendo mi rostro entre sus benditas manos y, entonces, en mitad del salón, tendido en el sofá y completamente a oscuras, desperté. Me desperté con la rotunda certeza de que mi madre muerta hacía escasas horas, había sorteado el otro mundo para venir a verme y despedirse.

    Mi madre murió de pronto, de repente, de un fulminante infarto sin que a ninguno de nosotros se nos hubiese pasado por la imaginación que tal cosa ocurriría. Piensa uno en la muerte de los seres queridos y enseguida la aparta, la echa fuera, como a un bicho molesto. Como si por pensarla fuese a sobrevenir algún fario nefasto. Porque secretamente, al menos en mi caso, yo tenía la firme convicción de que mi madre moriría como lo hizo mi abuela, con ochenta y dos años, como poco.

    El caso es que aquel sueño me persiguió durante algunos meses, y me reconfortaba, a mí, que dejé de creer en el instante mismo en que me comí la hostia, en que me consagré después de estarnos meses oyendo a la catequista hablar de la experiencia mística de lo de recibir al Espíritu Santo, la Eucaristía, el Corpus Christi. A mí, que lo esperaba todo de la Comunión divina y lo que tuve fue un pedazo de oblea pegado al paladar durante no sé cuánto porque alguien me advirtió que no debía removérmelo ni con la lengua ni mucho menos con el dedo, porque era un sacrilegio. Lo esperé todo el día dudando entre si sería algo así como una brisa que viniera de afuera, como una posesión o más como un calor, como la llama viva de aquel Pentecostés que venía ilustrado en nuestro catecismo, como una sensación de gran felicidad o de excelsa pureza que viniese de dentro y que nos redimiera de todos nuestros pecados de niños de diez años hasta que por la tarde nos fuimos unos cuantos a jugar, a columpiarnos con nuestros trajes blancos sobre viejos neumáticos, a lanzarnos subidos, como en raudos corceles, en cartones marrones que había junto al cubo verde de la basura, por las pendientes pindias. Yo, que sobre los diez y ocho estaba leyendo a Freud porque quería entender a fondo a Lorca y a todo el ´27 y que por eso me recuerdo soltándole a la gente lindezas del estilo de que las creencias religiosas eran una debilidad mental, una patología…

    Pero murió mi madre y ahí estuve, perdido, desesperado, desdiciendo en mi mente cualquier tipo de lógica o evidencia científica. O aferrándome a ellas por las grietas que tienen. Preguntándome en serio si sería posible que a través de la mente, a través de los sueños, de la física cuántica, la teoría de cuerdas o a través de un montón de gurús charlatanes se pudiese acceder, aunque fuese un momento, a alguna realidad que no solemos ver porque no la miramos.

Atado, en resumidas cuentas, a aquel último abrazo que nunca pude darle.

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